martes, 16 de septiembre de 2014

Recordando una simple historia simple

Hace ya seis años publiqué esta historia. El niño del que se habla debe tener ya siete años, debe estar en primer o segundo grado y no tiene la menor idea de este episodio del que es protagonista.
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Era una tarde cualquiera de esos días soleaditos que nos regaló julio de 2008. Yo estaba en una avenida de doble sentido de Miraflores intentando cruzar la pista.

Del otro lado de la pista que yo quería cruzar venía una mujer joven con un bebé en su coche. Presumo que eran madre e hijo. El niño tendría unos ocho meses, o por lo menos edad suficiente como para estar bien sentado, agarrado con ambas manos al tablero del coche. Tenía un gorrito amarillo que le tapaba la cabeza, pero le dejaba toda la cara libre para seguir con mucha atención lo que pasaba a su alrededor. Volteaba continuamente la cabeza de izquierda a derecha y viceversa, mirando los carros pasar.

No sé por qué ese bebito despertó mi curiosidad, y decidí quedarme ahí para poder verlo de cerca cuando el dúo pasara a mi costado.

La madre cruzó el primer carril de la pista sin problema. Subió el coche a la berma y lo bajó para cruzar el segundo carril usando la rampa que está ahí con ese fin. Al bajar, no se dio cuenta de que la pista tenía un bache, que provocó que el bebé se fuera con toda su humanidad hacia atrás. Vi cómo sus piecitos se levantaron y volvieron a su sitio en cuestión de segundos. Él seguía muy atento a todo lo que pasaba a su alrededor.

Terminaron de cruzar la pista y, al llegar a la vereda, nuevamente la madre no se dio cuenta de un desnivel, bastante más grande que el primero. Otra vez, el niño se fue con todo él hacia atrás, en un choque de su espalda con la parte posterior del coche un poco más violento que el anterior, obviamente sin mayores consecuencias... aparentemente.

Inmediatamente después de eso, el niño volteó hacia su madre y le lanzó una mirada que parecía decirle: "¡¿QUÉ TE PASA?! ¡TEN MÁS CUIDADO!" Con mayúsculas además.

Vi su cara claramente, ya estaban a un metro de mí.

No pude evitar reírme. La madre también rió, lo miró, le pidió disculpas entre risas y mimos y siguieron su camino.

Una simple historia simple, pero inolvidable.
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Imagen de Google Images

sábado, 6 de septiembre de 2014

Tazas que desaparecen, peines que se multiplican

Poco antes de la Navidad pasada, compré una taza roja de apreciable tamaño para regalárselo a una persona querida, para tomara su café diario después del almuerzo o en el momento que prefiriera.

Era un regalo que pensé indicado para esta persona, que alguna vez comentó que su taza de café ya tenía algunos añitos de uso. Tomé nota del comentario y decidí que las fiestas navideñas eran una buena ocasión para impulsar el cambio de taza.

Como faltaban algunas semanas para la importante fecha decembrina, puse la taza en un lugar apartado, con la idea de sacarla con poca anticipación para envolverla. A mediados de diciembre, me dispuse a envolver mis regalos y fui a buscar la taza... pero no estaba.

Busqué y busqué por todos lados. Miré en los sitios lógicos, luego pasé a los ilógicos. Nada, no tuve éxito. La taza roja desapareció. Hasta el día de hoy no la encuentro. Tuve que pensar en otro regalo, que fue bien recibido.

Hace pocas semanas, en medio de arreglos y limpiezas, encontré un peine del que ya casi no me acordaba. Se convirtió en mi peine favorito, lo usaba y dejaba siempre en el mismo sitio, para evitar que corriera el mismo destino que la taza roja.

Un día, lo agarré como cualquier día, y luego de usarlo lo volví a guardar. Al poco rato, lo vi por otro lado y me intrigó muchísimo porque no era el lugar donde lo había dejado. Cuando fui a ponerlo en el lugar habitual, enorme fue mi sorpresa cuando me vi con dos peines exactamente iguales, uno en cada mano.

No sé de dónde apareció ese segundo peine. Estoy empezando a creer que la taza roja se transformó. Total, siempre me han enseñado que la materia no se crea ni se destruye (ni desaparece), solamente se transforma.

Esta es la foto de la semana. Si bien no es precisamente una foto de invierno, me llamó la atención esta tuna roja, puesta en el borde un pequeño muro, como esperando a su dueño. Aunque las tunas rojas son comunes, la variedad verde es mucho más habitual.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Objetos con formas caprichosas

Esta vez, hay fotos, pero no necesariamente del invierno. Acá van algunas fotos con formas caprichosas de elementos bastante comunes en nuestra vida diaria.

Estas rosquitas de yuca son bocaditos típicos de la selva de nuestro Perú, aunque ahora se pueden encontrar en muchos mercados en otras ciudades del país. Normalmente tienen forma de aritos, pero en este caso se pegaron dos, probablemente al momento de su preparación. Así que acá la tienen, en forma de anteojos o de eslabones de cadena. Cualquiera de las opciones es buena. Particularmente, prefiero ver el infinito en dos rosquitas de yuca.
Acá hay una papa agujereada...
... y otra...
... y una tercera.

Curiosas y caprichosas formas que a veces rompen la rutina de las cosas más habituales.

martes, 12 de agosto de 2014

Brecha generacional

Cuando se tienen niños cerca, es habitual que nos acostumbremos a los programas y personajes que les gustan, a veces hasta sin quererlo. Así, nombres que normalmente no hubiéramos escuchado, se hacen conocidos a nuestros oídos casi como si fueran personas de carne y hueso.

Uno de esos nombres es el de Jorge el curioso, que vive en un mundo lleno de personajes bondadosos que viven en armonía y se ayudan mutuamente, y hacen cosas que a los ojos de los niños pequeños podrían parecer fascinantes aunque no lo son. En realidad, Jorge hace cosas que exasperarían a cualquier ser humano normal y sacarían de quicio a una persona poco paciente. Tal vez, hasta a una persona muy paciente.

Cuento toda esta introducción para relatar un pequeño episodio del que fui testigo involuntario hace algún tiempo.

Me fui a hacer una compra en un autoservicio cercano a mi casa, y con las cosas que había escogido me acerqué a la caja para pagar. Luego de hacer un rápido examen de las colas que había en cada una, escogí la que me pareció mejor y me puse al final de la fila.

En ese momento, estaban atendiendo a un señor que iba acompañado de un niño de unos cuatro año. Después venía una señora bastante mayor que estaba sola y luego seguía yo. El niño miraba a la señora con tanta curiosidad que a ella no le quedó más remedio que hacerle conversación:
- Hola -le dijo en tomo muy amigable.
- Hola -contestó el niño, sin el menor atisbo de vergüenza ni pedirle ayuda a su papá.
- ¿Cómo te llamas?
- Jorge, como Jorge el curioso.
- Ah, hola Jorge. Qué gusto que seas estudioso, te felicito.

La señora sonrió, feliz de haber encontrado a un niño tan pequeño y responsable a la vez. De otro lado, la cara del niño fue del mayor desconcierto del mundo.

A eso le llamo yo brecha generacional.

Presento la sexta foto semanal, con un perrito plácido y sereno entre el ruido y la prisa de una mañana invernal limeña.