jueves, 12 de enero de 2017

La papaya delatora

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Más de una vez he contado en esta bitácora los recursos a veces no muy transparentes de algunos autoservicios para sacar una mayor provecho del cliente. Felizmente, hasta ahora no he caído en ninguna de esas trampitas... al menos, es lo que quiero creer.

Me pasó de nuevo pocos días después del cambio de año, en la que creo que fue mi primera vista de 2017 a un supermercado al que voy con mucha frecuencia porque queda muy cerca de la casa. Mi lista de compras era muy breve, y uno de sus puntos era papaya.

El precio de la papaya en Lima puede llegar hasta los cuatro soles por kilo. Eso es un poco más de un dólar. Como es una fruta muy popular y parte casi imprescindible de nuestros desayunos a lo largo de todo el año, las tiendas suelen ofrecerla a precio rebajado con mucha frecuencia.

Ese día, vi un cartel muy grande que decía: "PAPAYA, S/.1.99 kilo". Imposible resistirse cuando un artículo que prácticamente de todas maneras vas a comprar está a mitad de precio. Entre todas las papayas dispuestas de manera ordenada, agarré una que tenía el peso y el precio en una etiqueta autoadhesiva. En resumen, la información que contenía claramente visible era que esa papaya pesaba poco más de tres kilos, por lo que su precio total era algo superior a seis soles (algo menos de dos dólares).

Escogí las demás cosas de mi lista y me fui a la caja para pagar.

Por quién sabe qué circunstancia, la papaya fue lo primero que puse en la faja. Por quién sabe qué circunstancia, me quedé mirando para ver qué precio marcaba la pantalla de la caja cuando la cajera pasó el código de barras por la lectora. Y grande fue mi sorpresa cuando vi que aparecía en grandes y luminosas letras verdes que el precio por esa papaya se acercaba a los 12 soles. Prácticamente el doble de lo que marcaba la etiqueta autoadhesiva:
- Señorita, el descuento sale al final, ¿no? Cuando lleguemos al final de la cuenta, ¿no? -dije yo.
- ¿Descuento? -me contestó, sin saber a qué me refería.
- El descuento de la papaya. Mire el precio en esta etiqueta y mire el precio que su caja acaba de registrar.

Cuando vio la discrepancia, me preguntó de dónde había sacado esa papaya. Le contesté que del lugar de siempre, que encima había un cartelazo (recuerdo muy bien haber usado esa palabra) indicando el precio de la oferta. Desde donde estábamos los podíamos ver claramente, pero igual se lo señalé.

No había más que decir. Bueno sí, podía decir que ya no llevaba la papaya si la cosa era con trampa.

Entonces, la cajera llamó a su supervisora, que en esta tienda siempre está rondando las cajas. En verdad, son sumamente rápidas para solucionar las situaciones que se presentan en las cajas. La cajera le explicó lo que había pasado, la supervisora lo verificó con una rapidísima mirada y, sin dirigirse a mí en ningún momento, simplemente le ordenó a la cajera:
- Rebaja el peso de esta papaya todo lo que sea necesario para que coincida con el precio total que marca la etiqueta.

Dicho eso, se fue. La cajera hizo los cálculos en su caja y el precio que marcó al final, el que me cobró, fue exactamente el que aparecía en mi etiqueta: poco más de seis soles. Toda la operación que describo tomó varios minutos, y la demora no solamente fue para mí. Ya detrás en la cola había dos personas más. Así que no me pude resistir y dije:
- ¿Ya ve lo que pasa cuando quieren pasarse de vivos? Lo que normalmente toma segundos nos ha hecho demorar a todos.

La cajera no me miró, se limitó a decirme el total. Yo pagué y me fui. Pero no me fui propiamente, sino que busqué a el módulo de atención al cliente y le conté todo lo que acababa de pasar a la persona a cargo. Su respuesta fue que ya lo iban a solucionar porque otros clientes habían reclamado antes que yo.

Entonces me quedé pensando que fue una gran suerte haber elegido una papaya con el precio marcado. De haber agarrado otra cualquiera, sin precio, que es como suelen estar, tal vez ni hubiera notado la diferencia en el precio.


martes, 3 de enero de 2017

El discreto encanto de la cortesía

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Hace algunas semanas tuve una pequeña intervención en la cara, justo debajo del ojo izquierdo. No fue nada serio, pero implicaba un corte con sutura. Fui al consultorio del dermatólogo un martes en la tarde y menos de media hora después salí de ahí con cuatro puntos escondidos debajo de una gasa.

La indicación era sacarme la gasa al día siguiente, los puntos debían quedarse una semana. Y todo se cumplió al pie de la letra.

Cuando me vi al espejo una vez retirada la gasa, para mí fue muy notorio el hilo de color negro que surcaba mi cara en paralelo a la línea de la nariz. Al día siguiente, además del hilo tenía un moretón grande y visible. Parecía el símbolo de la campaña #NiUnaMenos, ni más ni ídem.

De ninguna manera, esa circunstancia detuvo mi vida. Con el lado izquierdo de la cara así marcado salí a la calle varias veces, me embarqué en trámites de diversa índole, fui al banco, hice compras, todo normal y dentro de mi rutina.

Esta circunstancia me hizo observar la reacción de las personas al ver una marca que,  por su expresión, era obvio que pensaban que venía de un golpe. Afortunadamente, no formo parte de esas lamentables estadísticas de maltrato que tanto lamentamos (algunos, al menos) cuando las vemos en las noticias. Pero no me impidieron intentar ponerme en el lugar de quienes sí muestran signos de violencia.

En el banco, en la caja del supermercado, en todos los lugares donde me atendieron en muchos momentos en esos días la reacción de las personas al notar la marca morada era la misma: fruncían las cejas, se me quedaban mirando disimuladamente durante décimas de segundo o abierta y largamente si no estaban exactamente frente a mí. Lo mismo pasó con dos personas con las que me encontré en la calle.

Ninguna de esas personas se atrevió a hacer un gesto más evidente que fuera más allá de la reacción instintiva. Solamente personas de mucha confianza me preguntaron qué me había pasado. Me daba cierto alivio esa cortés discreción, pues estar explicando lo mismo más de una vez era un poco pesado. Imagino que una persona en una situación distinta a la mía podría sentirse corta de contar "la verdad", o tal vez se sentiría apoyada ante una muestra de solidaridad.

Espero no averiguarlo nunca.

De esos días solamente queda el recuerdo ya, algunas fotos y una mínima marca del tamaño de un punto que cada día va disminuyendo. Y la sensación de que la cortesía puede no ser útil a quienes necesitan que alguien los escuche.
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Esta es la primera entrada de 2017. A todos les deseo un año positivo y mejor que los anteriores.

viernes, 30 de diciembre de 2016

Bienvenido, 2017

Estamos a pocas horas de estrenar nuevo año, así que no me queda más que desearles a todos un 2017 muy positivo.
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domingo, 11 de diciembre de 2016

Pastoreadas navideñas

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ACTUALIZACIÓN: El blog "decidió" borrar varios comentarios sin consultar. He logrado recuperar algunos, pero de todas maneras me disculpo con aquellos comentaristas cuya opinión quedó eliminada.

Se acerca la Navidad, que siempre llega con su cuota de recuerdos y nostalgia. Presento acá lo que me envió alguien que recuerda las celebraciones de su infancia en su muy querido rinconcito del Perú.
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La Navidad en la selva peruana se celebraba con las "pastoreadas". Los ensayos comenzaban dos meses antes. Era ya de noche cuando se escuchaban a lo lejos los cánticos, los pitos y los tambores. Las organizaban familias devotas que continuaban con esa tradición año tras año.

Se acercaba la Navidad.

Cuando llegaba el esperado día del 24 de diciembre, en la tarde anterior a la Navidad, salía el grupo muy bien formado y con sus respectivas vestimentas, un elenco encabezado por el Ángel, una niña vestida de blanco, con alitas, diadema y varita dorada. Seguían las pastorcitas, con falditas, chalecos, pañuelos en la cabeza, collares, sonajas y panderetas. Luego los pastores, también con pañuelos y bolsos. Finalizaban el grupo "los indios", con plumas, tambores y pitos, que danzaban frenéticamente y muchas veces causaban temor a los pequeños espectadores.

Había varios grupos de pastores que iban por distintos barrios para llegar a las casas donde encontraban los Nacimientos más grandes. Durante el trayecto cantaban, sonaban los tambores y los pitos, en medio del regocijo de chicos y grandes, espectadores gratuitos del espectáculo navideño.

Cuando llegaban a la casa con el Nacimiento, entraban, hacían su rutina de cantos, declamaciones y danzas para adorar al Niño. Era toda una fiesta apreciada no solo por los dueños de casa, sino por todos los que acompañaban a los pastores en su camino, y que se acomodaban para ver mejor.

Terminada la actuación, se acostumbraba obsequiar a los pastores con dulces, caramelos y bebidas. Luego la pastoreada partía en busca de otro Nacimiento casero, con sus cánticos, tambores y pitos, y dejaba a su paso una estela de emoción y algarabía por un momento inolvidable que se unía a la alegría de la Navidad.
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Presento este encantador comercial alusivo a la Navidad. Tiene algunos años ya, pero no pierde vigencia, menos en estas fechas.