lunes, 25 de mayo de 2015

Misterios que sí se resolvieron

A propósito de las dos entradas anteriores referidas a ángeles, vuelvo a publicar una entrada donde los misterios sí se resuelven.
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El sonido misterioso
La mujer entró a su casa, que encontró vacía. Era esa hora en que ya casi no es de día pero todavía no es de noche, cuando en la calle sigue habiendo luz pero en las casas ya está oscuro.

La mujer entró por la puerta de la cocina, la entrada habitual a la casa. Dejó unas bolsas que tenía en la mano con compras y fue ahí que lo escuchó: "tic, tic, tic, tic". Imparable, casi inaudible en un comienzo pero persistente una vez que se percató del sonido. Tic, tic, tic, tic.

Puso su reloj a la altura de su oreja, aunque sabía que esa no era la fuente del misterioso sonido. Lo comprobó segundos después, el tic tac de su reloj era diferente. Este sonido le llegaba de lejos. Tic, tic, tic, tic.

Salió de la cocina rumbo al comedor en penumbra, y sintió alejarse el sonido. Definitivamente, provenía de la cocina. Miró por todos lados, se dijo primero que tal vez fuera un roedor entrometido. Luego del sobresalto inicial ante tal posibilidad la tranquilizó pensar que ningún animal haría un ruido tan acompasado. Tic, tic, tic, tic.

En eso, prendió la luz de la cocina y lo vio. En la pared opuesta a la puerta por donde había entrado, la oscuridad no le había permitido ver el flamante reloj anaranjado nuevecito que colgaba orgullosamente de un clavo puesto especialmente para la ocasión. De ahí venía el misterioso tic, tic, tic, tic.

El pan mordisqueado
En los últimos días, cada vez que sacaba una tajada de pan de la bolsa, la encontraba mordisqueada. O como si alguien hubiera arrancado toda una esquina.

La primera vez que encontró el pan así, revisó la bolsa buscando algún hueco por donde alguien hubiera podido arrancar el pedazo faltante. Nada, la bolsa estaba completa. Revisó el resto de tajadas y comprobó que la única incompleta era la que había estado encima de todas. Después de una concienzuda inspección, decidió que no había peligro en comérsela.

Al dia siguiente, de nuevo a la tajada de encima le faltaba toda una esquina. Volvió a revisar la bolsa, no había huecos y la única tajada afectada era la de encima. Una vez podía ser mala suerte, pero dos ya no. Sobre todo, después de que la vez anterior había las revisado todas las tajadas que quedaban en la bolsa.

Lo mismo pasó cuando ese paquete de pan se acabó y compró uno nuevo. Ya la cosa estaba teniendo asomos de algo en lo que no quería ni pensar.

Hasta que casi casualmente, como si lo acabara de recordar, su madre le dijo que iba a comprar una nueva bolsa de pan porque de las dos anteriores había estado sacando pequeños trozos para evitar tomar una pastilla en ayunas muy temprano cada mañana.

sábado, 16 de mayo de 2015

Hasta siempre, tía Titita

Su partida de nacimiento decía que tenía cinco nombres. Yo la conocía como Maricarmen, aunque de chicos le decíamos la tía Titita. Sus nietos la volvieron a bautizar como Maque tiempo después.

Era mi madrina, amiga de mi mamá desde los tiempos en que ambas llegaron a Lima a estudiar en la universidad, una Medicina, Ciencias Económicas la otra. Venía de Huancayo, directo a una pensión regentada por monjas, en donde conoció a mi mamá. Curiosamente, las dos cambiaron de carrera y terminaron estudiando Periodismo.

Si sacamos cuentas, esa amistad hace rato que cumplió las Bodas de Oro. Y estaba firme como el primer día.

Su nombre venía asociado a mil historias de confusiones y despistes, a cual más graciosa. Resulta que Maricarmen nació zurda en un tiempo en que eso era malo, en una época en que a los niños zurdos se les amarraba la mano izquierda para que escribieran "como tiene que ser". Ella lo resolvió escribiendo como diestra en el colegio y como zurda en su casa. Lo que sin duda es un logro que merece todo reconocimiento le valió no tener idea de cuál es la derecha y cuál la izquierda. Felizmente, yo vivo en un tiempo en que a los zurdos nos dejan expresarnos libremente con la mano que más nos acomoda.

Por lo tanto, para ella perderse era lo más común. Una vez, en sus tiempos universitarios, regresando a casa en un bus, se encontró con la ruta cerrada por algún motivo. Como el bus tomó otro camino, ya no supo dónde estaba ni cómo retomar las calles que tuve que aprender a conocer de memoria. Terminó regresando en un camión, sentada al lado de un amable chofer que accedió a llevarla a su casa, y que le daba fuertes pisotones cada vez que apretaba algún pedal. Por no pecar de malagradecida, aceptó cada pisotón sin decir nada.

Era admirable cómo tomaba esos incidentes con un humor envidiable.

No se contentó con estudiar Periodismo. Su sueño era ser abogada, y lo consiguió cuando ya era madre de hijos profesionales. Se llenaba de orgullo cuando contaba que estaba estudiando y luego cuando se graduó. Después quiso abrir un blog, aventura en que la acompañé. Hasta ahora me asombro de lo rápido que aprendió y de cómo creció su lista de amigos por ese medio. Por eso decía que yo era su madrina de blogs. Lamentablemente, personas inescrupulosas tomaron por asalto su cuenta y se vio obligada con mucha pena a dejar blog y amigos.

Esta mañana me enteré de que ya partió. Después de pasar meses enteros enfrentándose a una serie de reveses a su salud de los que no vale la pena ni recordar ni mencionar, podemos decir que ya descansa.

Hasta siempre, tía Titita.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Otros ángeles mecánicos

Después de la historia de los ángeles mecánicos, me mandaron otra historia que con permiso de quien me la envió, publico a continuación.
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Iba yo manejando mi carro por la Vía Expresa, una vía rápida en Lima que tiene pasos a desnivel y puentes. Para salir de la vía, hay varias pistas laterales en subida con espacio para dos carros, de aproximadamente 100 metros de largo.

Subía yo con la mayor tranquilidad, cuando el carro comenzó a fallar y a más o menos a la mitad del ascenso, se apagó sin más. Con mucho miedo, puse el freno de mano mientras trataba de encenderlo una y otra vez. Pero nada. No me quedó otra solución que salir del carro, esperando que a mi lado no pasara otro a gran velocidad.

Dejé el auto a medio camino de la subida con la idea de buscar un teléfono público para pedir una grúa de auxilio mecánico que sacara mi auto, y a mí, de esa peligrosa situación. Eran otras épocas, no había celulares... que fácil sería ahora.

Caminé algunas cuadras, pero no encontré ningún teléfono. Así que regresé a donde estaba mi carro pensando que tal vez podía esta vez arrancar el motor. Por mi lado pasaban algunos autos y hasta me tocaban la bocina con insistencia, en medio de mi angustia porque el motor seguía sin arrancar.

Estaba en esas cuando a mi lado, en plena subida se detuvo una grúa. Sí señores, una grúa, sin marcas ni nombres de ninguna empresa, pero una grúa al fin y al cabo. Me dijo el chofer por la ventana: ¿quiere que le ayude a salir? Le dije que si moviendo la cabeza con una mezcla de desesperación y alivio.

Entonces se puso delante de mi carro, bajó de la grúa y colocó una enorme cadena. Me hizo señas para que me sentara a su lado y así los dos, sentados en la grúa avanzamos, mientras la cadena jalaba mi carro. Así subimos y llegamos a una zona segura, a dos cuadras de distancia.

Ahí bajamos los dos, y él sacó la cadena. Entonces le pregunté: ¿cuánto le debo? Me hizo una señal negativa con la mano, sin decir palabra. Luego volvió a entrar a la grúa y se fue, muy tranquilo.

Yo subí a mi carro que comenzó a funcionar perfectamente. No alcanzaba a comprender y hasta ahora no entiendo qué fue lo que pasó. Por qué pasaba esa grúa por una vía de alto tránsito, por qué subió por esa salida, por qué no pasaron otros carros por esa misma vía mientras el hombre colocaba la cadena y salía arrastrando el mío.

Nunca lo sabré. ¿Fue o no un ángel? ¿O una suma de coincidencias? Lo dejo al criterio de quien lea esto.
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En el Perú como en muchos otros países, este domingo se celebra el Día de la Madre. Que lo pasen lindo las mamás que pasen por este blog. A mis amigas españolas, que lo celebran el primer domingo de mayo, les deseo que lo hayan pasado genial.

miércoles, 29 de abril de 2015

Ángeles mecánicos

Esta historia me la contó hace algunos meses un taxista, al que llamaremos Pablo, cuando me llevaba a casa luego de una reunión de trabajo.

Era cerca de las 11 de la noche, de una noche fría y húmeda como saben ser las noches de Lima a mediados de año. Pablo iba solo, ya pensando en dar por cerrada la jornada y encaminarse a su casa. Estaba en un barrio residencial de una zona bastante acomodada, no había nadie caminando por la calle y pasaban poquísimos carros.

De repente, su carro se paró. Tosió unas cuantas veces y luego, nada. Silencio absoluto. Como decimos acá, Pablo se quedó botado. Él sabía que no se le había acabado el combustible pues hacía pocas horas había surtido cantidad suficiente para dos días más. Intentó empujar, pero para su mala suerte estaba en una calle cuesta arriba y su esfuerzo era en vano, pues lograba avanzar muy poco y el carro retrocedía ni bien lo soltaba. Encima, quedaba más atrás del punto de inicio. Su carro era bastante nuevo, tenía poco más de un año de uso, y eso hacía que el desperfecto fuera poco común.

De repente, pasó otro taxi por su costado. Al verlo, el otro taxista paró y le preguntó si necesitaba combustible. Cuando Pablo le explicó que el problema no era ese y le pidió que lo ayudara a empujar, el taxista le respondió que no. Sin más, se fue, dejando solo a Pablo.

Su celular no tenía crédito, y de todas maneras, no hubiera tenido a quién llamar para pedir ayuda. Cuando ya se había hecho la idea de tener que esperar a la mañana para encontrar una solución, apareció un auto nuevo, costoso, uno de esos carros alemanes que impresionan solamente con verlos. Dentro del carro estaba una pareja, no mayores de 40 años. Ambos estaban impecablemente vestidos, aunque no de etiqueta ni en traje de noche, pero se podía ver que venían de un compromiso social.

El hombre bajó la ventana y le preguntó si el problema se debía a falta de combustible. Como pasó con el taxista, cuando le explicó que lo que necesitaba era que alguien empujara, el hombre se excusó y se fue.

De nuevo solo, Pablo estaba sopesando sus pocas opciones, cuando vio que el carro nuevo regresaba. La pareja se bajó del carro, y le dijeron que lo iban a ayudar a empujar el taxi. La chica que iba en el carro lujoso tenía zapatos con tacos altos, pero igual, se dispuso a empujar.

Así, entre los tres, empujaron cerca de una cuadra, con la idea de que el taxi de Pablo avanzara de la calle cuesta arriba y saliera de ahí. Luego de un rato de esfuerzo conjunto, el hombre del carro lujoso le dijo a la chica que acercara su auto. Ya estaban un poco lejos y el carro estaba abierto.

Ella se fue y al poco rato llegó manejando el carro. Ya en ese momento, el taxi de Pablo había alcanzado un punto en el que el camino era cuesta abajo y él podía arreglárselas solo. Pablo les agradeció sinceramente. La pareja se despidió. Se dieron la mano y de nuevo se quedó solo.

Empujó el carro, que esta vez arrancó sin problemas.

"¿Sabe qué creo?", me dijo Pablo al terminar su historia. "Que esa pareja eran dos ángeles que llegaron a ayudarme en un momento sumamente difícil. Yo antes creía que la gente de plata era déspota, egoísta. Pero, ¿ya ve? El que yo pensaba que me iba a ayudar, el otro taxista, me dejó solo sin importarle nada. Y la pareja que me ayudó, a ellos no les importó ensuciar sus elegantes ropas ni arriesgarse en medio de la noche para ayudar a un desconocido. Desde ahí, aprendí a no juzgar a nadie por si tiene o no plata".

Le dije a Pablo que coincidía con su apreciación. Y así es.
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Esta es una historia que me parece que vale la pena compartir.