martes, 26 de abril de 2016

Lady Lady vive en Miraflores

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Lady Lady Lady se pinta los ojos de azul
aunque hace mil años que dejó atrás su juventud
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No sé si tiene mil años, pero sí creo que debe llevar mil historias a cuestas. Desde que empecé a verla caminar por las calles de Miraflores hace ya algunos años me hizo pensar en esa canción de los años 80 del grupo español Bravo.

Camina siempre apurada, con un sombrero de paja y no con pamela gris. Los ojos los tiene pintados de un azul muy oscuro, muy vistoso, acompañados de unas pestañas negras exageradamente largas y gruesas. Su ropa es de colores vistosos, es imposible no distinguirla a una cuadra de distancia.

Va siempre sola.

Me la he cruzado más de una vez por las calles miraflorinas. Recuerdo la primera vez que la oí hablar: fue un día de verano que entré a un autoservicio que está a varias cuadras de mi casa. Lady Lady hablaba con el encargado de seguridad de la tienda, en verdad, ella hablaba bastante airadamente y el hombre la escuchaba silenciosamente, con expresión de benevolencia.

Cuando estuve lo suficientemente cerca, logré escuchar lo que decía. La mujer reclamaba que el volumen de la música ambiental del lugar estaba muy alto, que casi no la dejaba pensar, que era un fastidio comprar así. En ese momento me percaté, no tenía ninguna bolsa en la mano. Se iba sin comprar, tal vez por el ruido del que tanto se quejaba.

Algunos días después, volví a distinguir el sombrero de paja. Esta vez estaba en el mostrador de atención el cliente de la misma tienda. Solamente para escuchar de qué se trataba esa vez, me acerqué hacia donde estaba. Su nuevo reclamo era contra una vendedora, no logré escuchar de qué sección. Se quejaba de que no la habían atendido debidamente. Que cuando le estaba haciendo una pregunta, la vendedora se dio la vuelta y se fue, sin contestarle.

La encargada de atención al cliente la escuchaba con la misma cara de benevolencia que días antes tenía el encargado de seguridad. La misma paciencia silenciosa que seguramente tienen hacia ella todas las personas que trabajan en ese autoservicio.

Varias veces la he visto caminar por la calle mayor de Miraflores, siempre sola, siempre con los ojos exageradamente pintados de azul, con las pestañas irrealmente largas y negras, con su sombrero, con su ropa de colores vistosos que se divisa a varios metros de distancia. Siempre caminando apurada.

Siempre sola.

No puedo saber si su historia es similar a la Lady Lady de la canción que me hace recordar cada vez que la veo. Tampoco sé si comparte la soledad infinita de Penélope y su banco de pino verde, o con la loca del muelle de San Blas que llevaba el mismo eterno vestido para que el amado no se fuera a equivocar.

Pero ahí va, siempre apurada, siempre con ropa de colores vistosos.

Siempre sola.

Acá un video de "Lady Lady" del grupo Bravo:

lunes, 18 de abril de 2016

Poder que embriaga

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El incidente que narro a continuación ocurrió la semana pasada. Fui testigo involuntario de todo.

Caminaba por la avenida Larco, eran más o menos las tres de la tarde. No es una hora de mucha afluencia ni de autos ni de personas. Aun así, en los paraderos del inefable Corredor Azul ya había una fila de gente esperando que llegara el siguiente bus.

El bus apareció, la gente comenzó a subir ordenadamente. Cumpliendo con el procedimiento debido, a sus paso, todos entregaban al chofer el monto del pasaje. El chofer les daba a cambio el respectivo boleto.

La última persona de la fila estaba subiendo cuando detrás de mí oí unos pasos apresurados. Alcancé a ver que una señora venía corriendo tan rápido como podía, con la intención de subirse a ese bus azul que estaba relativamente vacío. En realidad, no estaba ni a la mitad de su capacidad, todos los pasajeros estaban sentados.

La mujer alcanzó la puerta del bus que seguía abierta y cuando levantó una pierna para subir, el chofer le cerró la puerta en la cara y empezó a avanzar. Fue una acción muy dura y humillante por parte del chofer.

El bus avanzó un trecho bastante corto y tuvo que parar porque le alcanzó un semáforo con la luz roja. La mujer logró alcanzarlo, tocó la puerta y con gestos el chofer le dijo que no podía abrir la puerta "porque ese no era un paradero"... a menos de 20 metros de distancia del paradero donde prácticamente había echado a la mujer del bus.

Ella le reclamó airadamente a gritos: "¡¡¡pero si me ha cerrado la puerta en la cara en el paradero!!!", justo cuando el semáforo cambiaba de rojo a verde. El chofer arrancó el bus y por segunda vez dejó plantada a la mujer en la vereda. Con la idea de denunciarlo, quise tomar nota de su placa o de algún número que lo identificara, pero no me dio tiempo.

Sentí rabia por el maltrato hacia esta mujer del que había sido testigo de excepción. Después empecé a pensar en que este chofer había actuado así desde el sitial del poder que le da decidir si frena y abre su puerta o no para que suban los pasajeros que tienen prisa por ir a algún lado. A veces he visto choferes que no se detienen en donde deben hacerlo, sino algo más adelante, con lo que dejan bajar a los que están dentro de bus, pero no dejan subir a los que están en la calle. Y no hablo de buses llenos, sino de vehículos con suficiente espacio para acoger a esas personas, y hasta más.

Si así se porta un chofer de bus, cuya cuota de poder puede o no alta, según la perspectiva, solamente puedo imaginar cómo embriaga el poder absoluto. Así fue que recordé una frase de la película V de Vendetta: "El pueblo no debería temer a sus gobernantes, los gobernantes deberían temer al pueblo".

viernes, 8 de abril de 2016

Si los bebés hablaran

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Se me vino a la cabeza esa idea de ¿qué pasaría si los bebes hablaran? hace pocos días cuando me crucé con una mujer que paseaba a un bebé muy pequeñito en un cochecito.

Era una mañana soleada, calurosa, de este verano abrasador que ojalá termine pronto. La mujer estaba vestida con pantalón corto, blusa de manga corta, sandalias sin medias. En resumen, iba vestida de acuerdo con el clima.

Miré al bebé y lo que vi me sorprendió. El niñito iba vestido con manga larga, pantalón largo, medias, gorrito. Además, logré ver una frazada dispuesta desordenadamente dentro del coche.

Durante una décima, mi mirada se cruzó con la del bebé, y por increíble que suene, sentí que el niño me hablaba con sus ojos. Fue una sensación muy extraña que me dejó pensando que tal vez el pobre pequeño quería decir algo y todavía no tenía los instrumentos para hacerlo. Con certeza casi absoluta, diría que el bebito preguntaba por qué iba tan abrigado en medio de tanto calor.

Entonces recordé otras tantas veces que he visto bebés muy chiquitos en el mismo trance. Recuerdo a uno de tal vez dos meses de nacido, abrigado hasta decir basta, con todo y guantes de lana. En un momento, intentó rascarse la nariz, pero por los guantes no pudo. Más bien, la pelusa de la lana se le metió a la nariz y estornudó. Fueron de esos estornudos que aparecen cuando la nariz recibe visitas que no quiere, como pelusas o polvo. Los conozco bien, me vienen con mucha frecuencia y he aprendido a no hacerles mucho caso.

Volviendo al bebito de los guantes, ni bien empezó a estornudar, la mamá corrió a verlo y... ¡lo abrigó más! Al mover tanta tela, la mamá movió más polvo y el pobre niñito comenzó con su concierto de estornudos. Tuve que dejar de mirar, pero hasta ahora me pregunto qué habrá sido de ese niño.

¿Qué pasaría si estos bebitos pudieran decir "no me abrigues tanto, por favor"? O, "no grites cuando me hablas, me duelen los oídos". Por no mencionar el hartazgo que deben sentir cuando tremendas carotas se asoman a sus cunas y les hablan con tonos indignos.

Que no te extrañe entonces que a veces los bebés se arranquen a llorar "sin ninguna razón". Mejor piénsalo un poquito, tal vez la razón sea más evidente de lo que crees.

domingo, 27 de marzo de 2016

Recuerdos de Pascua

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Estos son recuerdos de Pascua, recuerdos ajenos que vienen de un tiempo que no es el mío y de una tierra que es a medias mía.
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Recuerdo una mañana de domingo. Mi mamá nos despertó tempranito, creo que recién había salido el sol. Esa mañana estaba radiante, no llovía, no iba a llover. Nos vistió con nuestros vestidos de domingo y nos llevó de la mano a la Iglesia. Había mucha gente, también afuera, en la plaza. Mi hermana y yo no soltábamos la mano de mi mamá. Se acabó la misa y empezó la procesión. Las imágenes iban adelante. Primero la Virgen Dolorosa, con una capa negra, de luto por la muerte de su hijo, Jesús.

Cargada en hombros de fieles, dio la vuelta por la plaza hasta llegar a la municipalidad. Todo el pueblo acompañaba la procesión. El cortejo se detuvo y de pronto vi que de un balcón de la municipalidad bajaban con cuerdas una silla adornada con cojines y flores, en donde iba sentada una niña vestida de ángel. Ea un ángel, nos dijo mi mamá. La niña llegó hasta la Virgen y le quitó la capa negra. La gente gritó y aplaudió porque la Virgen quedó toda blanca, ya sin luto, mientras las campanas de la Iglesia tocaban a Gloria. Recuerdo haber pensado que no importaba si la silla se caía. La niña era un ángel y volaría al cielo.

De pronto vimos al lado de la Virgen a un pequeño y glorioso Jesús, de pie, con la mano en ademán de bendecir. Es Tata Reshillo, el Señor Resucitado, nos explicó mi mamá.

Las imágenes de la Madre y el Hijo continuaron rodeando la plaza y regresaron a la Iglesia, en medio de cánticos y repiques de campana. Tata Reshillo fue colocado delante del altar.

Regresamos a casa. Empezaba el día y nos esperaba el desayuno con pijuayos, rosquitas, humarí y dale dale.

En adelante, cuando veía pasar a una jovencita, la miraba bien buscando al ángel que bajó del balcón de la Municipalidad para quitar el velo de la Virgen. No recuerdo haberla visto en esas épocas (creo, de repente me equivoco, que se casó muchos años después con don Mariano. Los entendidos confirmarán o desmentirán esta versión). De todos modos, los únicos que no cambian en los recuerdos son la Virgen Dolorosa y Tata Reshillo.