domingo, 20 de abril de 2014

Una palabra inolvidable

Un día de primero de secundaria, la miss Silvia, nuestra profesora de Literatura, nos leía un texto del libro que usábamos ese año. Era un libro de color rosado oscuro, de una editorial argentina cuyo nombre eran dos apellidos. Supongo que serían los dueños o fundadores de la editorial.

El relato en cuestión estaba escrito en primera persona y se trataba de un hombre que caminaba por el andén de una estación esperando un tren. Recuerdo que el tono de la narración era triste y nostálgico, el hombre partía sin querer partir, dejando atrás personas y circunstancias que no quería dejar atrás para enfrentar un futuro incierto que no le era del todo agradable y que probablemente no quería enfrentar.

En un momento, decía el relato, mientras el protagonista de la historia recorría el andén, las maletas golpeaban sus corvas. Como si la estuviera viendo, recuerdo que la miss Silvia detuvo la lectura, nos miró por encima de sus lentes y nos dijo: "corva es la parte trasera de las rodillas", mientras con la mano libre nos señalaba el punto exacto al que hacía referencia. Luego prosiguió con la lectura.

Ahí entendí el origen de la palabra encorvado. Además, nunca olvidé el significado de la palabra corva.

Muchos años después, sentada con mi hermano en torno a una mesa redonda, probablemente compartiendo algún rico bocado, comentó casi al azar:
- El otro día, me di un golpe en la corva.

Mi mente retrocedió en el tiempo, y volví a estar sentada en la clase de Literatura de primero de secundaria de la miss Silvia, volví a verla leer el libro rosado oscuro de una editorial argentina y la explicación que nos dio, mirándonos por encima de sus lentes. Recordé todo eso en una fracción de segundo, pero no dije nada, hasta que mi hermano me preguntó:
- ¿Sabes dónde aprendí que esa parte detrás de las rodillas se llama corva?
- ¿En un libro de literatura rosado oscuro...? -respondí, con una pregunta.
- ¡Sí...!
- ¿...cuando un hombre caminaba por el andén mientras su maleta le golpeaba las corvas?
- ¡Sí!

Nos reímos mucho, asombrados ante la coincidencia. Él había usado ese mismo libro color rosado oscuro cuatro años que yo, y también fue con ese libro que supo que la parte de atrás de la rodilla se llama corva.

Por alguna razón que no sabría explicar, este episodio vino a mi mente una tarde de otoño. Lo que sí sé es cuándo y cómo aprendí el significado de corva, una palabra inolvidable.

viernes, 11 de abril de 2014

"¿No tendrá otro billetito?"

Pasa un día cualquiera, en que vas a comprar algo con el mejor de los buenos ánimos.

Al momento de pagar, sacas un billete y lo entregas al vendedor. Como si se desencadenara una serie de mecanismos contenidos en un protocolo que casi has aprendido a conocer, el vendedor escudriña tu billete, lo mira por el anverso, lo mira por el reverso, se lo acerca a los ojos, lo mira de lejos, lo estira al punto que sientes que lo va a romper, lo pone a contraluz, lo vuelve a mirar por el reverso y luego por el anverso. Entonces, te lanza una mirada indescifrable y te dice con tono que parece de pregunta:
- ¿No tendrá otro billetito?

Encima te lo dicen así, con un diminutivo, como para que duela menos, o la molestia sea menor o para que no creas que le tienen cólera a tu billete, o quién sabe para qué.
- ¿Qué tiene este billete de malo?
- Es que está rotito -de nuevo el diminutivo.

A la vez que te dice eso, te muestra una muesca de un nanomílimetro de largo, apenas perceptible al ojo humano. Debe ser imperceptible para un lince también.
- ¿Dónde esta rotito? -siguiendo el mismo estilo.
- Acá, ¿no lo ve?
- No, no lo veo.
- Es que así no se lo puedo recibir.

Estás ante dos opciones: cambiar el billete o pelear. Más de una vez he optado por lo primero, cuando realmente reconozco que el rotito existe, después de un minucioso escrutinio y siempre pensando que lo puedo entregar en una próxima transacción comercial. Sin embargo, en más de una ocasión no lo he querido hacer así:
- Tal vez usted no, pero se lo recibirá cualquier otra persona, tal como yo lo recibí.
- ...
- Además, el Banco Central de Reserva tiene una directiva sobre cambio de billetes deteriorados, y aunque ese billete no está deteriorado ni rotito, se lo pueden cambiar.

Ese es el tipo de respuesta que puedes recibir cuando tienes un abogado al frente. Quedan dos opciones, que el vendedor acepte el billete o que insista en su negativa. Si acepta el billete, se completa la compra y todos quedan felices. Si el billete no es aceptado y tú insistes en que el billete está perfecto, la única salida es decir:
- Entonces no compro nada. Gracias -y haces el ademán de irte.

Lo más seguro es que la compra se concrete luego de esto, especialmente si el comprobante de pago respectivo por la transacción ya fue emitido.

No sé cómo será en otros países, pero en el Perú la gente es sumamente detallosa con los billetes. La situación empeora cuando el pago se hace con dólares, algo bastante habitual por estos lados. Ahí sí, quien recibe el billete no transige por nada del mundo. En realidad es una situación ridícula, porque en Estados Unidos, el hogar de los dólares, circulan billetes rotos con la mayor tranquilidad. Me refiero a billetes rotos de verdad, no uno con un invisible rotito.

Ahí quisiera ver a los vendedores y cajeros peruanos preguntarle al cliente si "no tendrá otro billetito".

jueves, 3 de abril de 2014

Desconectados no podemos nada

El otro día, A perdió su celular. Lo último que hizo con ese teléfono fue contestar una llamada mientras caminaba por la calle. Dice que lo guardó, y se dio cuenta de que no lo tenía cuando quiso hacer otra llamada un rato después. El teléfono había desaparecido.

No le quedó más remedio que suspenderlo y adquirir uno nuevo.

Al día siguiente, A fue muy temprano a comprar su nuevo teléfono. No quería complicarse la vida con tecnologías que cree que ya no podrá aprender, así que su idea era un teléfono simple, que le permitiera hacer y recibir llamadas, enviar y recibir mensajes de texto y poco más.

Una vez que venció los afanes de la persona que le atendió, que a toda costa quería venderle un teléfono de esos inteligentes que abundan ahora, A salió feliz con su celular nuevo que cumplía con todos los requisitos que buscaba. Hizo algunas llamadas de prueba sin ningún problema y se fue a su casa.

Esa misma tarde, notó que el teléfono no tenía línea. Lo apagó y prendió varias veces, pero no hubo cambio. Intentó llamar a la empresa prestadora de servicio celular, pero no lo logró. Marcó un número en el que le contestó directamente una persona y no una máquina. Le pareció muy raro a A, pues la costumbre es pasar por infinidad de grabadoras que mencionan una serie de opciones que rara vez contienen lo que se busca. Le contó toda la historia y la respuesta que recibió fue:
- Tendría que llamar en todo caso a lo que es este mismo número, pero en todo caso marcar lo que es la opción 6.
- Pero no me contestó ninguna máquina con opciones, de frente me contestó usted -replicó A.
- Qué raro. En todo caso, vuelva a llamar y marque lo que es la opción 6.

Obedientemente, así lo hizo A y de nuevo, le contestó una persona que le dijo lo mismo, que volviera a llamar y marcara la opción 6. A, siempre paciente, estaba empezando a hartarse. Intentó una tercera vez, y lo mismo.

No le quedó más remedio que ir de nuevo a presentar su reclamo. El hombre de la puerta se le acercó muy amable y A le contó su problema. La aparente solución fue apagar y volver a prender el teléfono, y el teléfono volvió a la vida. "Qué raro", se dijo A, pero como su pericia con estos aparatos es casi nula, pensó que algo habría hecho mal.

Esa noche en su casa, de nuevo, notó que el teléfono volvió a quedarse sin servicio. Lo apagó y prendió varias veces sin éxito. Con resignación, programó su mañana de sábado para ir, por tercera vez en 24 horas, a presentar su reclamo. Esta vez, pediría que le atendieran propiamente, no dejaría que le despacharan en la entrada.

Cuando le llegó su turno, contó el problema como por décima vez y la respuesta fue que era cosa de la línea, que como la había suspendido, algo estaba fallando con la restauración del servicio. Después de largos minutos de ingresar códigos en una computadora, de múltiples consultas telefónicas, de una que otra pregunta entre trabajadores de la empresa, A recibió la buena noticia de que el teléfono estaba totalmente funcional. Dice que lo probó y que finalmente funcionaba.

Ojalá que al leer esto, A no me termine contando que los problemas siguieron, al igual que las contradicciones de una empresa que dice la vida es más cuando se comparte, pero que a la hora de la hora, lo único que saben hacer es echarle la culpa al usuario. ¿Y el compartir? Muy bien, gracias por preguntar.

martes, 25 de marzo de 2014

De noche en París

Una abuela del siglo XX, bastante actualizada en nuevas tecnologías, reflexiona al ver a su nieta, una niña nacida en el siglo XXI, con todo lo que eso implica.

AHORITA ES DE NOCHE EN PARÍS
Te miro. Veo tus manos pequeñitas delizándose por el smartphone de tu mamá. Estás buscando las fotos de tu fiesta de cumpleaños, te detienes en una, aquella en donde soplas las velitas, las cinco velitas. Giras, vuelves, escoges con tus deditos. Ahí están las fotos.

Te cuento. Hace muchos años, mi papá, tu bisabuelo, tenía una cámara Kodak. Era rectangular, mi papá la había pintado de verde porque estaba oxidada. Le ponía un rollo de película dentro y tomaban las fotos. Solo las podían revelar cuando llegaba un fotógrafo al pueblo. Pero, ¿sabes qué?, yo tengo todavía esas viejas fotos. Opacas, borrosas, pero ahí están Reconozco a todos los que posaron para esas fotos. Estaban jóvenes, risueños. Yo me veo ahí, pequeñita como tú, junto a tu tía, mi hermana.

Y ahora llegas tú. De esas fotos viejas tomadas por la cámara Kodak solo quedamos tu tía y yo. En esos tiempos, cuando teníamos tu edad, sólo conocíamos nuestro pequeño pueblo, ni siquiera Lima, lo demás solamente estaba en los libros que leímos ávidamente, mucho después. Como por ejemplo las Tradiciones de Ricardo Palma. Seguro que no las conoces.

Por eso ahora, veo con asombro todo lo que sabes y dices. Mientras buscabas las fotos, hablaban de una amiga de tu mamá, que vive en París. Querían llamarla para saludarla por su cumpleaños, pero tu, mi pequeñita de cinco años sentenciaste; “Ahorita es de noche en París”.

¿Cómo pudiste saberlo? Creo, estoy segura, que escuchaste de pasada esa información y se quedó en tu cabecita. O tal vez alguien estaba escribiendo por el smartphone de tu mamá, desde París.

Y ahora te veo, te observo mirando las fotos en el smartphone de tu mamá con tus pequeños deditos, y recuerdo la vieja cámara Kodak pintada de verde de mi papá, tu bisabuelo.