lunes, 6 de julio de 2015

Au revoir, Cyrano

Cyrano, autor del blog Columna 17, lector de este blog y de varios otros conocidos de esta bitácora virtual, partió la tarde del sábado 4 de julio.

Eduardo, tal su verdadero nombre, se fue repentinamente. Quienes lo conocieron sabían que tenía párkinson y que incluso había escrito un libro donde narraba sus experiencias y cómo había aprendido a vivir con ese mal crónico. Supo sobrellevar sus limitaciones de manera admirable.

Hasta el cielo lo despidió llorando. En este invierno limeño que estamos viviendo, inusualmente soleado y cálido, tuvimos lluvia en niveles que no son los habituales ni en un invierno promedio.

Ahora descansa en paz, libre ya de todos los dolores e incomodidades con los que tuvo que vivir tanto tiempo.

Au revoir, Cyrano.

martes, 16 de junio de 2015

La bocamina cerrada

Volviendo a las historias misteriosas, cuento acá algo que le pasó a alguien que conozco de toda la vida. Tengo la autorización para narrar la historia que viene a continuación.
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Un ingeniero, al que llamaré Benjamín, trabajó un tiempo en una mina en el interior del Perú. Tenía a su cargo a un grupo de operarios originarios de la zona que conocían bien los alrededores del asentamiento minero. Con una mezcla de cariño y respeto, a Benjamín lo conocían como Inge, nombre corto de ingeniero.

Un día, Benjamín y un grupo de trabajadores se adentraron en la mina para realizar unas obras de apuntalamiento de las paredes para que no se debilitaran a causa de las excavaciones. Eran cinco, todos guiados por uno de los trabajadores, que estaba muy familiarizado con las rutas que había dentro de la mina.

Cuando llegaron al punto en que debían trabajar, uno de los trabajadores se dio cuenta de que no había llevado su material completo. Para no perder más tiempo que ya perderían por el olvido, Benjamín anunció que él saldría solo y regresaría con las herramientas que se quedaron afuera. Así, el grupo podría ir avanzando en otras labores mientras esperaban su regreso.

El papá de un amigo de Benjamín, un experimentado ingeniero de minas, le había dicho al saber que iría a trabajar a una mina, que nunca, por ningún motivo, bajo ninguna circunstancia y por más fácil que pareciera, nunca jamás entrara o saliera solo de la mina. Demasiado tarde recordó Benjamín la recomendación de su viejo colega, cuando llegó a una encrucijada. No sabía si debía ir a la derecha o a la izquierda. Retomar sus pasos hubiera significado demorar aun más los planes de ese día.

No sabía qué hacer. No sabía qué camino tomar. No quiso dejarse llevar por el miedo, pero lo empezaba a sentir.

De repente, delante de él, vio un pequeñísimo punto de luz que crecía imperceptiblemente. También empezó a percibir un sonido. El inequívoco sonido de uno de esos vehículos que se usan dentro de las minas para llevar personal y material de un lugar a otro.

Se quedó donde estaba, esperando que pasara el vehículo para luego seguir el mismo camino por el que este estaba usando. Se alegró de la coincidencia de que justo otra persona viniera a su encuentro y le mostrara la ruta a seguir. El sonido y la luz se acercaron cada vez más hasta que estuvieron a su lado. Subido encima del carrito venía un trabajador al que Benjamín nunca antes había visto. El hombre venía muy tranquilo, con las manos detrás de la cabeza, tarareando una canción que Benjamín no reconoció.

Cuando estuvo a su costado, los dos hombres se miraron. El del carrito dejó de cantar, lo miró y lo saludó con un movimiento de cabeza: "Inge, ¿cómo está?" Y luego, siguió su camino sin esperar respuesta.

Así que Benjamín caminó por ahí hasta que llegó a la salida. Ya afuera, se encontró con otro ingeniero y otro grupo de trabajadores que lo miraron intrigados. Les contó del olvido de los materiales y que debía ir a buscarlos para entregárselos al grupo que había entrado con él. El ingeniero le preguntó: "¿por dónde has salido?"

Benjamín le señaló la bocamina y en breves frases detalló de su momentánea pérdida y de cómo un trabajador que no recordaba haber visto antes le había dado la pista de la ruta a seguir. El ingeniero lo miró incrédulo y luego de una pausa atinó a decirle: "pero si esa bocamina está cerrada hace más de veinte años".

Cuando Benjamín volteó a mirar el breve trecho que había desde donde estaba parado en ese instante al punto por donde había salido, lo único que vio fue un lugar en el que parecía que nadie había puesto un pie en muchísimo tiempo.

martes, 9 de junio de 2015

Una promoción poco afortunada

El canal History 2 llegó hace poco más de un año y desde el primer momento se convirtió en uno de mis favoritos. Logró desbancar muy rápido a su canal primo, History Channel, que desde hace algún tiempo se dedica menos a documentales de historia y más a programas de naturaleza afín que no son de mi gusto.

Con History 2 volvieron los documentales de batallas de todos los tiempos, análisis de acontecimientos enormes que marcaron época en su momento y de los que se sigue hablando hasta ahora, entre muchos otros que siempre vale la pena ver.

Todo iba muy bien con los programas de History 2. La programación es impecable, todo narrado con un lenguaje simple y fácil de entender. Hasta que reparé en una de sus promociones, que se puede ver en los primeros 55 segundos de este video:

Son varias las cosas que me molestan de esta promoción.

En primer lugar asumen que sus espectadores son todos hombres. Se puede apreciar que son exclusivamente los protagonistas masculinos del comercial los que ven el canal. Tenemos a un padre de familia, a un hombre joven en medio de un grupo de amigos, a otro que lee solo en lo que parece ser una biblioteca. Ninguna mujer ve History 2 según ellos. Así se explica que digan que History 2 "transforma hombres comunes en genios extraordinarios". Y con la palabra hombres no se refiere a humanos en general. Se refiere a humanos del género masculino.

Pero lo que me parece más grave es lo que viene después. Vemos a más de una mujer mirando embobada al hombre común transformado en extraordinario que se despacha a su gusto con los conocimientos que ha adquirido gracias a History 2. Así lo vemos hablando del cartaginés Aníbal y sus elefantes, de navegantes que llegaron a América antes que Colón, con contundente golpe en la mesa incluido. Gracias a su predilección por History 2, el nuevo docto consigue atención de las mujeres, que según los "creativos" que idearon este comercial (obviamente, ninguno tiene la capacidad de Don Draper), como viven en la cocina, no tienen tiempo para ver History 2. Seguramente dan por hecho que de llorar por cortar cebolla, esas mujeres pasan a llorar por ver sufrir a las protagonistas de sus novelones en canales que, obviamente, no son History 2.

No entiendo cómo nadie comenta nada al respecto. Hay algunos que se resienten en cuanto creen que a las mujeres se les deja de lado. No por gusto han inventado esa huachafería de decir "hijos e hijas", "peruanos y peruanas" entre otras perlas para que se note que incluyen a las mujeres en su discurso, pero de esto, que sí me parece tremendamente discriminatorio, no se dice nada.

¿O será cierto lo que asumen los creativos de esta promoción? No, francamente no creo ser la única espectadora de estos excelentes programas.

martes, 2 de junio de 2015

El nuevo caso de las pulseras búmeran

Hace algún tiempo conté de las pulseras búmeran, que así como desaparecen, regresan al poco tiempo. A veces sin que me dé cuenta de su falta.

En un nuevo caso de pulseras que van y vienen, una mañana muy temprano me percaté de que una de mis pulseras no estaba en mi brazo. Por alguna razón que no podría explicar, tenía la certeza casi absoluta de que la pulsera se había caído en mi casa y por consiguiente, tenía la certeza casi absoluta también de que la encontraría pronto. Era cosa de estar con ojos bien abiertos.

Miré debajo de la cama, palpé dentro de la cama ya tendida, busqué dentro de la ducha, revisé dentro de los cajones, de todos los que recordaba haber abierto entre la noche previa y los primeros minutos de esa mañana. Nada de la pulsera. Dentro de mí tenía la tranquilidad de que la iba a encontrar, aunque no sabía cuándo.

Salí como todos los días echando en falta mi pulsera. La cabeza me seguía dando vueltas con lugares que me había faltado mirar. Más tarde ese mismo día, cuando regresaba a la casa antes del almuerzo, una certeza me "habló". No había echado un vistazo al lavadero de la zona de la lavandería de la casa. Ahí tenía que estar la pulsera.

Entré a la casa y me fui directo al lavadero Ahí estaba la pulsera, brillando de limpia, enroscada en sí misma. Era el fin de este viaje.

No pasaron ni dos semanas cuando noté la falta de la misma pulsera. Era un viernes en la noche, y esta vez la certeza de que estaba en la casa no era tan fuerte. Era más un deseo, un anhelo, pero no podía tener la seguridad absoluta de la ocasión anterior.

De todas maneras, repasé por todos los cajones y sitios donde podría estar, pero no tuve éxito. Aun así, no me resignaba a perder la pulsera. Sabía que iba a aparecer.

A la mañana siguiente, un sábado cualquiera, después de una noche de llovizna otoñal limeña, salí de la casa. Un pequeño destello me hizo mirar al suelo, y entonces la vi. Mojada y de nuevo enroscada en sí misma, en la entrada del edificio, felizmente no en la calle, la pulsera pródiga brillaba levemente mojada aún luego de horas de recibir gotas de agua celestial.

La recogí, la limpié, ajusté sus ganchitos que estaban un poco flojos y me la puse.

Ya no se ha vuelto a caer. Y si vuelve a pasar, sé que la voy a encontrar... eso espero.