lunes, 15 de diciembre de 2014

Recordando una obra escolar

Hace algunos años, asistí a esta obra escolar de la que vuelvo a hablar.
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Ahí estábamos, en la puerta del auditorio, esperando para ver una obra escolar casi como cierre del año. Conversaciones triviales, las de siempre: el clima que no se decide a cambiar de una vez, los cumpleaños que se acercan, el tráfico que empeora como siempre en diciembre.

Se abren las puertas. Entramos. Escogemos sitio. Esperamos que se levante el telón.

Aparece el primer personaje. Vemos a un quinceañero bastante conocido vestido de adulto, pero un momento después se ha transformado y veo a un hombre que regresa a la buhardilla donde se ocultó con su familia durante más de dos años. Está apesadumbrado, le duele el alma. Desolación es la palabra que describe el momento. Según él, ya no le queda nada porque ha perdido todo lo que más amaba. Quiere quemar todo lo que queda del pasado e irse lejos. Sus amigos, a los que no ve desde hace tres años, le muestran un pequeño cuaderno. Ese cuaderno que su hija menor llamaba Kitty, y donde apuntó diligentemente todo lo que pasaron dentro de esa pequeña buhardilla durante dos años.

Leí esa misma obra cuando estaba en el colegio. Vi la película. Una de las varias que han hecho sobre este famosísimo diario. A estas alturas, ya no me importa ni me da risa ver a todos esos muchachos interpretando a hombres y mujeres por igual. Ya no noto que usan pelucas, ni ellos parecen sentir vergüenza por usarlas. A pesar de saber lo que sigue, a pesar de conocer el final, hasta esa noche de teatro escolar, nunca me había puesto en los zapatos de las personas que vivieron lo que esta adolescente cuenta en su diario. Por primera vez me doy cuenta de que querían sobrevivir sin saber qué les esperaría después. ¿Después de qué? De la guerra y sus (¿)reglas(?), que los habían obligado a esconderse sin saber qué pasaría en el minuto siguiente.

Y así vemos que pasan los días y los meses. Que todos tratan de mantener la calma en esas condiciones extremas. De vivir normalmente. Es evidente que no siempre lo logran, pero tratan y lo hacen lo mejor que pueden.

Finalmente, llega el momento en que los soldados tocan con insistencia las puertas. De manera brutal. Irrumpen a la mala. Los personajes miran con terror. Nadie en el público se ríe. Supongo que también han dejado de ver a ocho muchachos disfrazados y están viendo a ocho personas aterrorizadas ante la incertidumbre del futuro inmediato. Una voz en off cuenta que les concedieron cinco minutos para prepararse antes de partir, y a pesar de su miedo, en esos cinco minutos, la dueña del diario se las arregló para contar lo que pasaba en ese preciso momento.
Porque a pesar de todo, creo que la gente es verdaderamente buena de corazón.

Espero que la gente no la haya defraudado, aunque ella ya no haya estado aquí para verlo.

lunes, 8 de diciembre de 2014

Recordando a un tamborilero

Comenzó diciembre, y durante el mes, reproduciré las entradas publicadas en diciembres de años anteriores, en una compilación navideña para cerrar el año. A todos, ¡feliz Navidad!

La primera se tituló El tamborilero, y narra una anécdota muy real de lo que pasa cuando un grupo de muchachos quieren ser más vivos que su profesor.
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El camino que lleva a Belén
baja hasta el valle que la nieve cubrió
Los pastorcillos quieren ver a su rey,
le traen regalos en su humilde zurrón
ropopopón, ropopopón, ropopopón.
Ha nacido en un portal de Belén
el niño Dios.
Yo quisiera poner a tus pies
algún presente que te agrade, señor.
Mas tú ya sabes que soy pobre también
y no poseo más que un viejo tambor
ropopopón, ropopopón, ropopopón.
En tu honor frente al portal tocaré, con mi tambor.
El camino que lleva a Belén
yo voy marcando con mi viejo tambor.
Nada mejor hay que te pueda ofrecer
su ronco acento es un canto de amor
ropopopón, ropopopón, ropopopón
Cuando Dios me vio tocando ante él, me sonrió.


Cada vez que escucho este conocido villancico navideño recuerdo una historia que ocurrió hace años, cuando estudiaba francés.

El grupo estaba compuesto de una serie de alborotados adolescentes y una cantidad casi igual de adultos. Cuando lo miro en retrospectiva, la algarabía que armábamos en el salón debe haber sido más que molesta para los grandes que se veían obligados a compartir la clase con nosotros.

Una de las alumnas del grupito estudiaba en un colegio donde enseñaban francés. Asistía a las clases como un refuerzo a lo aprendido en el colegio. Probablemente no sería una alumna muy destacada si necesitaba refuerzos. Pero todos los demás la teníamos casi como central de consultas, pensando que sus conocimientos eran mayores a los del resto.

Un día, nuestro profesor nos dejó solos en el salón por unos minutos. Nos pidió que en su ausencia escucháramos una canción y que tratáramos de sacarle la letra. Dejó la canción puesta y salió. Los primeros acordes eran inconfundibles: todos reconocimos al tamborilero que se iba a Belén. Y nuestra certeza se vio confirmada cuando la alumna del colegio francés prácticamente nos dictó la letra línea por línea.

Al rato regresó el profesor. Nos preguntó si habíamos cumplido con la tarea, y en coro todos le hicimos un desordenado resumen de la canción. El profe debe haberse aguantado las ganas de reír... o de llorar, no sé. Es que la letra en francés es muy diferente. No habla de Belén, ni del niño Dios. Tal vez el único punto en común sea la presencia de un pequeño tamborilero.

Por el camino parapampampam
va un pequeño tamborilero parapampampam.
Siente su corazón que late parapampampam,
al ritmo de sus pasos
parapampampam, rapampampam, rapampampam.
¡Oh! pequeño niño pamrapampam, ¿a dónde vas?
Ayer mi padre pamrapampam
Siguió el tambor... El tambor de los soldados...
Y yo me voy al cielo...
Quiero ofrecer, para su regreso, mi tambor.
Todos los ángeles... tomaron sus bellos tambores...
Y dijeron al niño... "Tu padre está de vuelta..."
Y el niño despertó... sobre su tambor.

domingo, 30 de noviembre de 2014

Contraseña feliz

Lindo zurdito
Esta breve historia, que publico sin permiso, me la envió alguien que quiero mucho. Hay cosas que no deberían dejar de ser importantes. En un tiempo en que leer más de 140 caracteres es demasiado, tal vez algunos piensen que no tiene sentido escribir bien, que los acentos no importan, que una H menos es lo de menos. Pero felizmente, sigue siendo importante.
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Al curso que dicto en una empresa le puse de nombre, sin darle muchas vueltas, "Escribir bien".

Quizás para que fuera corto, simple, recordable. Quizás porque estoy convencida de que escribir bien es precisamente eso: hacerlo corto, hacerlo simple. Hacerlo recordable.

El primer día llegué y me anuncié como la profesora de un curso de redacción para el personal. "¿Escribir bien?", me preguntó el vigilante a la entrada. Subí 22 pisos por el ascensor y volví a anunciarme como la profesora del curso... "¿Escribir bien?", me interrumpió la encargada del piso.

Esta es la sexta vez que vengo, y seis veces he escuchado ya aquí y allá la pregunta. "¿Escribir bien?" Suerte de contraseña, feliz identificación con un hábito tristemente en desuso. Escribir bien es el nombre con el que aquí me conocen, así me reciben, y con sonrisa.

Mira tú: si escribes bien, te sonríen. Escribe bien.

domingo, 23 de noviembre de 2014

Se busca paciencia

Una noche cualquiera, cerca de las 9:00 p.m., das por terminada la jornada y te dispones a ver televisión. Qué decides ver es lo de menos, lo más probable es que a los 15 minutos el sueño te venza y no sepas en qué acaba el programa elegido.

Todo va muy bien hasta que de un momento a otro todo cambia. Lo único que ves es una pantalla azul y un cartel que se pasea mientras burlonamente te dice SIN SEÑAL. Sopesas tus opciones:
- Esperar pacientemente que todo se arregle. Total, así como se malogró repentinamente se solucionará de la misma manera.
- Apagar e irte a dormir.
- Llamar a hacer un reclamo.

Sin dejar de lado la primera opción, descartas la segunda opción, el sueño que apenas te dejaba abrir los ojos minutos antes ha desaparecido. Decides llamar a hacer un reclamo, cosa que nunca se sabe qué rumbo puede tomar.

Marcas el número y te contesta una grabación, que lo primero que te pide es que ingreses tu número de DNI "para brindarte una mejor atención". Digitas el número de tu documento de identificación y luego escuchas una serie de grabaciones llenas de advertencias, que te pueden grabar por tu seguridad, que ese número es solamente para reclamos y no para consultas, que si llamas de la zona Talycual tengas en cuenta que hay una avería masiva. Nada se aplica a ti, así que no te queda más que esperar a que alguien te atienda.

Por fin, se para la música y una voz de mujer te saluda:
- Buenas noches, le saluda Fulana de Tal. ¿En qué le puedo ayudar?
- Buenas noches, señorita. No tengo señal de cable desde hace diez minutos -omites mencionar que son exactamente los mismos diez minutos que tuviste que esperar hasta que una voz humana apareciera.
- Bien, ¿me puede dar su número de DNI?

¿Cómo? Lo primero que me pide la grabación es justamente eso, supuestamente para atenderme mejor. Ya, bueno pues, se lo das a la señorita Fulana de Tal.
- ¿Cuál es el problema?
- Se lo acabo de decir, no tengo señal de cable.
- ¿Qué ve en su pantalla?
- Un cartel que dice SIN SEÑAL.
- ¿En todos los canales? ¿También en el canal TVPerú? ¿Puede confirmar eso, por favor?

Pones el canal mencionado, cuyo número se supone debes conocer porque no te lo dicen. Nada, la misma pantalla azul con el cartel burlón.
- Tampoco hay señal ahí, señorita.
- Bien, entonces desenrosque el cable de su decodificad...
- No, eso no lo voy a hacer. Por favor, genere una orden de avería para que un técnico venga a reparar esto mañana.
- Es que debemos darle soporte en línea antes de generar la orden de avería.
- No voy a desenroscar ningún cable, señorita. Esta falla está pasando en dos televisores, no puede ser casualidad.
- ¿En el otro televisor tampoco se ve nada en el canal TVPéru?
- Señorita, no quiero ver el canal TVPerú. Yo estaba viendo otra cosa y no tengo intención de averiguar siquiera qué están dando en TVPerú-, tratando de mantener la poca paciencia que todavía te queda.
- ¿En el otro televisor han desenroscado el cable del decodificador?
- No señorita, y nadie va a desenroscar nada. Además, estoy viendo televisión sin el decodificador. ¿Por qué siempre es tan difícil conseguir que generen una orden de avería? ¿Por qué el afán de achacar al usuario el fallo?
- ...
- Señorita, por favor, genere una orden de avería.
- Está bien, anote el número por favor -notoriamente a regañadientes.

Buscas entre los canales locales, alguno tendrá una señal aunque sea mala. Encuentras un programa concurso, no es lo que hubieras elegido, pero peor es nada. Empiezas a verlo, con una imagen lluviosa y un ruido molesto que poco a poco dejas de percibir. Miras el reloj, ha pasado casi una hora desde que se fue la señal.

De repente, el programa deja de verse mal, la imagen es nítida. Cambias de canal, y confirmas que la señal de cable vuelve a gozar de buena salud. No sabes si tu llamada tuvo algo que ver o si simplemente el fallo se fue así como vino. Ya no importa, en verdad.

Se busca paciencia, porque compartida, la paciencia es más. ¿Más qué? Quién sabe.
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Les recomiendo leer este excelente artículo que me hizo llegar alguien que quiero mucho.